Tina Gaudoin es editora interina de Elle Deco y miembro del jurado en la edición 2014 de la exposición Diseños del Año, del Museo del Diseño. Éstas son sus postales favoritas del paisaje urbano londinense

Una de las mejores cosas de Londres, en términos de diseño, es que es impredecible. En medio del paisaje de vidrio y cemento de la gran ciudad, ahora dominado por el rascacielos Shard de Renzo Piano, en la ribera sur, todavía pueden encontrarse casitas estilo georgiano luchando para mantener las apariencias. O, por el contrario, uno puede toparse de repente con un diseño de los setenta o una casa modernista entre una hilera de edificios perfectamente eduardianos o victorianos, una expresión valiente y bastante británica de individualismo contemporáneo, en medio de la corrección insulsa de esos periodos arquitectónicos. El buen diseño, por supuesto, no tiene que ver solamente con la arquitectura pero, como cualquier profesor de griego le dirá, es un buen punto de partida. Éstos son algunos de mis favoritos…

1. La caseta de cocheros de Russell Square

El Fondo para Casetas de Cocheros se estableció en 1875 para ofrecer refugio a los conductores de coches de caballos (y, más adelante, de los taxis color negro). Aún siguen en pie trece de esos refugios color verde, ahora incluidos en la lista de edificios pertenecientes al patrimonio histórico, y los taxistas los usan durante sus descansos para comer y tomar algún refrigerio. Asómese por la ventana del refugio de Russell Square (es lo que yo suelo hacer) y pregunte a los taxistas si alguno ha terminado ya su café y puede llevarlo.

2. Marni, Knightsbridge

Esta tienda insignia, diseñada por los arquitectos Sybarite en 2003, estará entre los preferidos de cualquiera que trabaje en la industria de la moda (como yo). Los Sybarite también diseñaron la sucursal de Marni de Tokio, la de Selfridges y la del Soho, en Nueva York. Como prueba de que el buen diseño realmente sobrevive el paso del tiempo, el interior elegante al estilo de Austin Powers —piso completamente blanco de resina, alfombras rojas y acero inoxidable— se las arregla para mantenerse sobre la delgada línea que separa lo glamoroso de lo austero, sin parecer anticuado. Al entrar, si no conociera la diferencia entre Marni y Armani, bien podría pensar que se trata de un museo de indumentaria contemporánea.

3. The Conran Shop, Marylebone

Esta antigua caballeriza ubicada al extremo norte de Marylebone High Street no tiene nada destacable y, a la vez, lo tiene todo. Siempre admiré el mobiliario de la tienda y su diseño abierto y espacioso; pero mi opinión sobre ella ha mejorado desde que su presidente, Jasper Conran, la rediseñó. Ha vuelto a “curar” la tienda, dándole un aspecto de bazar moderno en la planta baja (fantástica para comprar regalos) antes de pasar a un primer piso que ofrece lo mejor de lo mejor en diseño (piense en Navone, Eames y demás). El café, que abrió hace poco en la parte trasera de la tienda, en conjunto con Caravan y St John Bakers, es un excelente lugar para reunirse con amigos y tomarse un descanso durante la jornada de compras.

4. La propuesta de Thomas Heatherwick para el Garden Bridge

Cuando vivía en Nueva York, fui testigo del renacimiento del horizonte urbano de la ciudad gracias a la High Line, un paseo peatonal elevado construido sobre antiguas vías ferroviarias, muy apreciado por su increíble plan de creación de áreas verdes, diseñado por Piet Oudolf, y sus efectos positivos sobre la estresada población. Soy una gran aficionada a los oasis urbanos, y la inspiradora propuesta del diseñador Thomas Heatherwick para éste, que se extiende a lo largo del Támesis, desde la ribera sur hasta la estación Temple del metro, se merece todo nuestro apoyo. Por ahora, y hasta que el proyecto deje de ser poco más que un sueño, ¿por qué no subirse a uno de los autobuses de dos pisos Routemaster rediseñados por Heatherwick, que prestan servicio parcial en las rutas 9, 11, 24, 38, 148 y 390?

5. La Biblioteca Británica

Cuando en 1997, la Biblioteca Británica (arriba) diseñada por el arquitecto Sir Colin St. John Wilson abrió sus puertas en su emplazamiento actual de Euston Road, solía pasar por delante en mi auto y exclamar indignada, al estilo del Príncipe Carlos, cosas como ‘¡monstruosa!’ y ‘¡horrenda!’; tan ofendida estaba yo por el gigantesco edificio de ladrillo rojo. Sin embargo, a medida que pasaron los años, me encontré a mí misma usando la biblioteca, molestando a los empleados de la oficina de documentos indios, comiendo sándwiches y pay de manzana en el café y, más recientemente, echando un vistazo muy privilegiado a algunos de los primeros manuscritos chinos que existen y a las obras de las cuevas de Dunhuang (la biblioteca alberga el libro impreso más antiguo del mundo, el Diamond Sutra, del año 868 d. C.). Con solo trabajar en la biblioteca, en ese aire entre solemne y calmo, propio de una catedral, o incluso sentarse en su ventosa plaza junto a esculturas de Eduardo Paolozzi y Antony Gormley, se termina por conocer y amar el edificio público más grande construido en el Reino Unido en el siglo veinte.

Foto © Pawel Libera/Corbis

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