Liz Edwards escribe sobre gastronomía y viajes y fue editora de secciones especiales de Sunday Times Travel. En un viaje reciente a Hong Kong, encontró un mundo tranquilo, más allá de la frenética cultura de “trabajar mucho y divertirse mucho” que tiene la ciudad.

¿Cuándo una escala deja de ser una escala? Siempre consideré a Hong Kong como la escala perfecta en medio de un viaje largo: unos veinte minutos en la ciudad para una recorrida rápida que incluya “dim sum”, compras, vistas de la ciudad y noches de neón, para partir nuevamente. Pero la mudanza de una vieja amiga a la ex colonia me motivó a quedarme más tiempo, mirar más de cerca, explorar más a fondo. Y quién lo hubiera dicho: apenas más allá del centro encontré un mundo de techos bajos y playas, monasterios y campo abierto. Resultó ser que esta parada es también un estupendo destino para quedarse.

El pueblito de playa

Con las primeras impresiones de la isla de Hong Kong es difícil de creer que quede un solo centímetro cuadrado sin desarrollar; las torres se amontonan desde las montañas hasta el borde del agua. En la esquina sudeste, sin embargo —a solo 15 minutos en autobús desde la estación del metro—, hay playas de arena dorada que igualan a las mejores de Tailandia. En Shek O, la arena se curva con una reverencia entre cafés relajados a la sombra de los árboles, y pendientes escarpadas, cubiertas de arbustos. Los asadores y los vestuarios con duchas les facilitan las actividades de playa a quienes viven en la ciudad y acuden durante el fin de semana, pero a mí me gusta por la quietud de los días entresemana. En el pueblo, los hombres repiquetean las piezas de “mah jong” mientras que, junto al mar, los niños hacen surcos sobre elaboradas esculturas de arena. Los parapentistas sobrevuelan el área junto con las águilas marinas, y alrededor de las rocas cubiertas de crustáceos tengo todo el espacio para zambullirme que pudiera pedir.

El monasterio

La presencia de algunas de las marcas más importantes del mundo significa que gran parte del centro de Hong Kong parece, primero, una ciudad global y, después, una ciudad china. Pero a solo algunas estaciones de metro hacia el norte, cerca del hipódromo de Sha Tin y el Monasterio de los Diez Mil Budas, el Imperio Medio se siente un poco más cercano. Para completar el recuento de budas, las estatuas humanas de tamaño real se desparraman por la ladera; las religiosas de carne y hueso y los turistas equipados con cámaras jadean cuesta arriba mientras pasan junto a budas de toda forma: gordos, delgados, alegres, serenos, e incluso mujeres. En la cima, las pagodas y pabellones vibran con los adivinos y la agitación de las varitas de incienso. Una vez rendido el homenaje, los devotos se amontonan en la cantina, que ofrece un maravilloso menú sin carne pero con un guiño a quienes sí la consumen: “costillas vegetarianas”, “taro frito (con forma de pez)”, “pollo vegetariano” y “sopa de aletas vegetariana”. No tan globales ahora, ¿eh?

El pueblo costero

La amiga que me enseñó que había algo más allá de los rascacielos predica con el ejemplo, no con palabras: su casa está entre colinas tapizadas de vegetación en la limpia y verdísima costa este. Las familias de Hong Kong que buscan descanso y recreación dominical vienen aquí, especialmente a Sai Kung, un pueblo costero y excelente lugar para pasear. Los pescadores venden su pesca fresca junto al muelle, y la costa está abarrotada de restaurantes donde el menú son tanques burbujeantes llenos de peces; extienda el dedo índice y habrá pedido su plato. En la parte antigua de la ciudad, ornamentada con balcones de hierro, las mujeres se sientan y arman bollos rellenos de cerdo (“dumplings”); un santuario echa volutas de incienso al aire; los ancianos presiden la escena desde la entrada de las tiendas. Las tiendas tradicionales venden pescado deshidratado o papel moneda; las modernas, vestuario para perritos o manteles individuales de diseño. Y no hay ni un solo edificio de más de cuatro pisos.

Foto de Getty Images

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