La escritora de estilo y periodista Lucia van der Post escribe sobre viajes y lujo para la sección How To Spend It del Financial Times. El secreto para unas vacaciones es un alojamiento del que puedas enamorarte; y enseguida, Lucia ofrece su propia definición de lo que hace a un hotel verdaderamente grande

Uno se da cuenta de qué hotel es perfecto, incluso antes de llegar al mostrador de recepción. Lo nota en el aspecto de las flores, lo huele en el aroma que flota en el aire y lo siente en la sutileza con que lo reciben: lo saludan cálidamente pero sin servilismo, y nadie parece estar merodeando a la caza de propinas.

Uno llega después de haber volado mil millones de kilómetros (o al menos así se siente), y ellos saben que lo que menos desea es recibir una bebida azucarada, un puñado de formularios para llenar y un parloteo innecesario de parte de alguien a quien acabas de conocer. Los mejores hoteles lo saben, y por eso te conducen directamente a tu habitación y a tu propio baño. Ya habrá tiempo para los formularios. Tampoco tiene que esperar siglos para que le lleven su equipaje.

En un hotel verdaderamente excelente, tu habitación tiene encanto y un aire de individualidad, como si alguien hubiera pensado específicamente en eso (alguien sin la más mínima debilidad por los diseños en serie). Ha sido decorada para agradar, para capturar la esencia del lugar en el que se encuentra, para brindar consuelo al viajero, para reconfortar y sorprender. Y siempre, pero siempre, debe haber algo que cautive la vista. Libros para leer, un pequeño frasco de galletas, algunas frutas frescas y una copa para beber antes de dormir son detalles cálidos y generosos.

En el hotel perfecto, hay algún lugar en la habitación donde puedes abrir tus dos maletas de par en par, hay ganchos suaves que no están soldados a la barra, y hay una gran cantidad de ellos. Hay dos lavabos en el baño y espacio suficiente para acomodar sus cremas y ungüentos. No necesita un manual para aprender cómo funcionan las llaves del agua y, cuando llega la noche, no se pasa un cuarto de hora recorriendo la habitación para apagar todas las luces.

La cama es amplia y espaciosa; las sábanas suaves como la seda; no hay “cráteres” en el medio; y las almohadas no son ni demasiado duras ni demasiado blandas. Las cortinas deben ser opulentas y espléndidas, y las ventanas deben abrirse por completo.

La tacañería nunca queda bien, y los hoteles que cobran por el wifi en esta era tan interconectada (así es, algunos todavía lo hacen) no son lugares a los que uno tendría ganas de regresar. Tampoco causa una buena impresión los cargos exorbitantes por el uso del teléfono. Un poquito de generosidad siempre se recuerda.

Y, finalmente, llegamos al asunto de la llave. Denme una linda llave como las de antes, que sirva para abrir la cerradura, y quédense con sus plastiquitos electrónicos que, al menos una vez por estadía, se niegan a funcionar.

Más allá de todo esto, hay algo intangible que hace que un hotel sea excelente: la sensación, quizás, de que hay alguien que lo cuida y que se preocupa por él. Uno siente que ha llegado en el momento en que su auto se detiene. Las vistas son espectaculares, las habitaciones ventiladas y gloriosamente individuales. El personal no se entromete, no pregunta diez millones de veces por día si uno está pasándola bien, pero tienen la habilidad de estar allí justo cuando se les necesita. Después de todo, no se requiere mucha ciencia. Simplemente, es como mi abuelita solía decir: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”.

Imagen La Suite Impériale, Shangri-La Paris

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