Joan Juliet Buck es una escritora y actriz estadounidense y fue editora de la versión francesa de Vogue. Aquí describe cómo su entusiasmo por Roma adquirió nueva fuerza gracias a la magistral película de Paolo Sorrentino, La gran belleza.

Hay una inmensa promesa en los paisajes romanos que siempre ha sido difícil de reconciliar con la realidad actual: el chismorreo social, las vanidades y excesos de los famosos, las fiestas que parecen bacanales televisivas, la tensión —o la aparente falta de ella— entre comunistas chic, cardenales mundanos, esposas de labios inflados, herederos, bichos raros y comerciantes que atesoran mercancías extraordinarias de un refinamiento sin paralelo.

Siempre hay algo más grande por delante, algo más poderoso y salvaje, y más magnánimo que cualquier cosa que uno pueda imaginar. Mire por la ventana o recorra con la vista una plaza o el retazo de ruinas que se extiende bajo sus pies, y súbitamente sentirá un ansia feroz por ver más de todo aquello. Si me quedo en el Hotel Senato, comienzo y termino cada día embelesada con la vista del Panteón, a menos de quince metros de distancia: una obra arquitectónica perfecta de dos mil años de antigüedad. Si me quedo con amigos en la colina del Quirinal, les costará mucho hacerme abandonar mi sitio junto a la ventana que enmarca los pinos del Monte Palatino. Roma promete tanto de Roma que uno siente que nunca consigue lo suficiente.

Hasta ahora, ninguna película había representado a Roma en todas sus dimensiones: Fellini la mostró como una expresión grotesca de sus fantasías (de hecho, el término “grotesco” proviene de los frescos descubiertos en la casa dorada de Nerón, la “Domus Aurea”); y Antonioni hizo de Roma un telón de fondo de un tedio aplastante.

Al principio de la película La gran belleza, de Paolo Sorrentino, me temía lo peor; la escena mostraba una fiesta de azotea tan vulgar y ordinaria como cualquier programa de entretenimiento de la televisión italiana. En ese momento el héroe, un típico romano de pelo peinado hacia atrás, expresión de hastío y, como descubriremos más tarde, un corset debajo de la camisa a medida, abre sus brazos para dar comienzo a su fiesta de cumpleaños número 65 y se presenta como Jep. Novelista en su tiempo (un solo libro, hace décadas), ahora escribe para una revista. Conocemos también a su brillante e implacable editora, que no llega al metro de altura y a veces prepara la cena en un hornillo eléctrico en su magnífica oficina. Las cosas suceden como en la vida misma: encuentros casuales, presentaciones formales, enfrentamientos.

Roma se revela, tan rica, variada e incoherente como realmente es: una mezcla del pasado y el presente que nunca había visto tan bien representada. Fui a verla con un amigo que no conocía Roma. La terraza del departamento de Jep es una lujosa sala de estar al aire libre que da al Coliseo. “Eso es imposible”, le susurré a mi amigo. “No hay un solo lugar en Roma que quede tan cerca y por encima del Coliseo, créeme, lo he estado buscando durante años”. Debe ser un efecto de animación computarizada”.

La película es una obra maestra, una bendición, y también un regalo: Me permitió descubrir que tal lugar sí existe: es el Colle Oppio, una colina que se eleva por encima de la Domus Aurea de Nerón. Y el departamento también existe. Lo encontré en Google Earth.

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Foto de Indigo Film/Medusa Film/Babe Film/Canal 

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