La periodista británica Heather Hodson se mudó primero a Manhattan y después a Brooklyn, y jamás se arrepintió. Aquí, nos presenta el vecindario que se puso de moda.

Solo he tomado una decisión acertada en mi vida, y fue la de mudarme a Brooklyn. Como la mayoría de las decisiones que se toman en Nueva York, estuvo motivada por la falta de espacio. Mi esposo y yo no teníamos idea de la inminente transformación del distrito en una zona residencial de moda, con restaurantes de nivel mundial y un gran panorama artístico y de diseño. Todo lo que sabíamos era que la cuna de nuestro bebé ocupaba la sala entera de nuestro departamento en una torre de Manhattan, y que necesitábamos más espacio para vivir. Así que emprendimos la retirada y nos mudamos a Carroll Gardens, a una casa adosada de la época de la Guerra Civil, de 5 metros de ancho, con radiadores con pintura de plomo y techos hundidos. “Nunca recuperaremos nuestro dinero”, pensamos.

Eso fue hace diez años, antes de que Brooklyn se pusiera de moda. Ahora no se puede caminar una cuadra en nuestro vecindario ítalo-americano sin tropezar con los cables del generador de uno de los muchos equipos técnicos que están filmando algún programa de televisión ambientado en ““el Brooklyn de edificios de arenisca””. Todavía se puede conseguir una deliciosa pizza, pero camine a lo largo de las calles Court y Smith, y verá que los restaurantes están al frente de las últimas tendencias del país, de servir alimentos que van directamente “de la granja a la mesa”. Brooklyn es ahora sinónimo de productos hechos a mano y proveedores éticos, una autenticidad artesanal y obstinada que los franceses llaman ““très Brooklyn””.

Para entender el gran interés que suscita hay que probar la comida. Los vecindarios de Carroll Gardens, Green Point y Williamsburg tienen todos restaurantes comprometidos con la producción sustentable, productos locales y estacionales, y matanza, curado y preparación artesanal de prácticamente todos los ingredientes. Dos pioneros en Carroll Gardens son los chefs Frank Castronovo y Frank Falcinelli, amigos de la infancia que son dueños y están a cargo de Frankies Spuntino, un restaurante de influencia italiana, y de Prime Meats, un restaurante de carnes. Vengo aquí con mis hijos para tomar el desayuno los fines de semana; las salchichas de cerdo caseras son deliciosas. Para mi dosis matinal de café, a menudo paso por Frankies’ Cafe Pedlar, cuyos camareros están entrenados por Duane Sorenson, fundador de Stumptown Coffee Roasters. Si caminas por la calle Smith de Carroll Gardens, notarás que proliferan los restaurantes temáticos. Mis favoritos son Seersucker, del chef Rob Newton y su socio Kerry Diamond, y The Grocery.

¿Y qué hay con las bebidas? Henry Public es un bar acogedor que queda entre Brooklyn Heights y Cobble Hill. El interior de color sepia es como el de un salón del siglo diecinueve, pero con una banda de sonido de Grateful Dead. Siempre pido el vino Sancerre con ostras; a mi amiga Katie le encantan sus martinis secos. El Long Island Bar (110 Atlantic Ave. y Henry St en Cobble Hill) abrió nuevamente después de una pausa de seis años, para gran regocijo de mis amigos. Con su decoración “art déco” y glamour retro, tanto este lugar emblemático del vecindario como su barman, Cecchini, son legendarios.

Foto de Getty Images

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